domingo, 27 de septiembre de 2009

y... continuemos

La lluvia inspiradora de la noche se había transformado en un cielo cubierto blanco, pero de ese blanco que encandila los ojos y los sentidos. Transité las seis primeras cuadras en silencio absoluto, concentrado en registrar el irregular transcurso del tiempo. Aquí me habían traído la inocencia y la magia, la inmadurez y la pasión. Imposible no sentir un dejo de frustración por no poder descifrar la enorme cantidad de mensajes que el mundo me estaba dando a gritos. Peor aún intuir que el mundo me observaba con cierta indiferencia y que mensajes no habían, o no eran para mí.


El cuerpo alberga misterios. La mecánica del andar es sorprendente--no es necesario invertir un gramo de energía psíquica para coordinar los movimientos que a uno lo transportan. El ritmo acompaña la escena como una percusión inaudible. Menos misteriosa (o más trazable) es la cadena de hechos que explican mi soledad y aislamiento en esta increíble ciudad. Esto no implica que los sucesos que se desencadenaron desde mi llegada hayan sido previsibles u ordinarios. Llegué a esta ciudad porque... me cuesta decirlo, porque suena espantosamente cursi, pero sí, vine decidido a encontrar el amor. Pero no para que nos encontremos en una escena romántica, con velas aromáticas y luz tenue: vine para reírme con él, para perseguirlo y tirarle la gorra. Porque nos conocimos en mi Buenos Aires natal, ella formaba parte de una orquesta y las vicisitudes de su gira la acercaron al Teatro Colón, donde yo hacía mis primeros pesos arriando turistas por sus pasillos.


Su pasión era (yo creo que sigue siendo) el violín. Pero no fue en ese entorno que nos conocimos sino borrachos en un bar de San Telmo, ella estaba tímidamente fuera de control y no ignoraba las sucesivas rondas de vodka. Para mí el flechazo fue instantáneo. Claro que estamos hablando de un niño altamente hormonal a la edad de diecinueve. Su belleza me dejó pasmado, por lo poco estereotípica. Lo intenté, pero ella nunca me creyó que la encontraba hermosa. Hice todo lo posible para darle un beso... ella guardaba un rencor hacia todo el género masculino. Incluso creo que la besé, pero dadas las circunstancias ni siquiera puede esto adquirir carácter anecdótico.


La perseguí. Usaba el teléfono del despacho del jefe (donde no estaban bloqueadas las llamadas de larga distancia) y no hubo teatro en el que su compañía se presentara en el que no le haya dejado un mensaje elogioso. La sorpresa fue cuando una mañana me saludó Jorge y en un papelito sucio, como los que usan en las pizzerías (grasa y pinchadura incluídas) me dijo que había recibido un mensaje para mí. Era su teléfono. A partir de ese entonces hablamos casi todas las semanas. Lo fastuoso del teatro y lo dramático de sus presentaciones me transfundieron lo lírico y en cada comunicación le juré amor eterno, para su gracia y desconcierto. Fue entonces cuando ella me dijo (con mucha razón) que jamás podría ser el amor de mi vida estando a decenas de miles de kilómetros de distancia.


Entonces me fui, con las dos manos detrás, sorprendido de que todos mis objetos de valor cabían en una minúscula valija. No tenía nada que perder: en el fondo sabía que el vacío emocional al que que estaba sometido iba a terminar apagándome por completo. La vida no había sido generosa conmigo: siempre soñé con tener algún talento relacionado con la creación, la música, la literatura y el arte, pero era y me sentía en estos ámbitos completamente incapaz. Si algo me estaba esperando, algo grande, revelador, que cambiara los roles y me transformara en protagonista, iba a tener que generarlo yo.

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