Empecé el relato I con un montón de sensaciones muy nítidas, pero sin rumbo. Pero ayer ocurrió, estaba releyendo unas partes de the unbearable lightness of being y la historia tomó cuerpo. Vi los personajes, los sentí, los escuché, vestí su ropa. Hablé por ellos, sentí por ellos. La motivación necesaria para seguir. Veremos qué tal la incursión de hoy.
En la sexta cuadra el silencio se interrumpió, y quizás también el tiempo. Era ella. Noté que los cuatro años de separación dejaron unos 10 años de rastro en su rostro y expresión. Nuestras miradas se cruzaron y la cámara se ubico entre nosotros, equidistante, ejercitando el plano y contraplano. Mi cuerpo entró en cortocircuito- falló la rodilla izquierda y el sonido de acople se clavó en mis oídos. Ella acumuló fuerza y vergüenza, y continuó su marcha. La dejé dar sus primeros pasos, sólo para poder elegir si seguirla o continuar en la dirección contraria.
Cuatro años. Unos meses más que mi hijo. Unos meses menos que la muerte de mi padre. Inez me dio la espalda (es su estilo), con sus estilizados hombros y su pelo recogido reminiscentes de su anterior belleza. Ese momento se perpetuó y los recuerdos me transitaron con la velocidad de un rayo--y con la misma violencia. Entonces la seguí. Y ella lo supo desde ese mismo momento, o al menos eso pienso yo, porque en su dantesco recorrido no se privó de mostrarme, uno por uno, todos los lugares que habían marcado mi vida en los últimos años.
Supongamos que los primeros fueron ocasionales (estábamos a poca distancia), igualmente fueron de los más significativos. En el parque Federico (al llegar me resultó imposible pronunciar el nombre y así lo bauticé) me encontré con un mar de recuerdos, principalmente de soledad y reflexión. Nuestra primera habitación se ubicaba en la zona, y el parque era parte obligada de mi recorrida aeróbica de todas las mañanas. Entre sus árboles y caminos corrí, grité, lloré, corrí más fuerte... era en esas mañanas, cuando la impotencia se sobreponía a cualquier otro sentimiento, cuando exigía mi cuerpo al máximo. Recordé esa mañana en la que algo falló--al día de hoy no sé que--y caí rendido en la grava del camino. Era muy temprano y nadie lo vio. El alma volvió al cuerpo y pude reincorporarme en pocos minutos, sólo para seguir corriendo a casa. En uno de sus bancos había tallado la frase "mierda" durante una de nuestras discusiones. También hubo momentos felices, cuando la convencí de practicar en el parque mientras yo la miraba y admiraba (mate en mano). Hubo una siesta abrazados, en la que ella me despertó y estábamos ambos temblando de frío. Su pasto me acarició más de una vez, con Gustavo Cerati sonando en mis oídos.
En retrospectiva, mi vida ha sido una progresión de claroscuros--ninguno más intenso que el nacimiento de mi hijo Hans. No hubo tiempo para recordar más momentos en el parque, antes de lo previsto estabamos de frente a la clínica.
Inez me permitió estar durante su nacimiento, por supuesto a una distancia prudencial. En su compleja mente, de este modo ella estaría a salvo. Mi enorme emoción y la horrible situación en la que me encontraba dieron mucho trabajo a mis ojos, pero relevaron al resto de mis sentidos. Por momentos me sentí flotar, y juro que hubo instantes en que mis pies se despegaron del suelo. Lo que estaba ocurriendo unos pisos más arriba era todo lo que había soñado, pero en un contexto inimaginable y feroz. Mi vida para ese entonces ya había cambiado, pero desde mi niñez hubo miedos que no me abandonaron nunca. Mi estilo de vida solitario alimentó durante un buen tiempo el fantasma de no formar jamás una familia, de no tener descendencia. De a poco lo fui superando, y cuando supe del embarazo de Inez (ya inocultable) creí que, como en la mayoría de los casos, la generosidad del universo se mostraría incompleta: sería una mujer.
Pero no. Era un varón. En esa ecografía tuve un ataque de felicidad y ansiedad por el que valió la pena hasta ese momento la vida. Inez lloraba, entre miedo y emoción. Sin duda éste era un hecho inesperado, pero mentiría si dijera que no lo deseaba. En cada vez que el alcohol o las ganas de reconciliarnos hacían indeseables los cuidados, yo acababa con más fuerza, sintiendo la felicidad y satisfacción del deber cumplido. En esos momentos yo estaba demasiado concentrado en mí, y es por eso que desconozco cuál era su reacción. Sí sé que al día siguiente sus nervios estaban notablemente crispados, frecuentemente se despertaba temprano a limpiar lo que sea (platos, baños, pisos) e indefectiblemente me despertaba con el sonido de un golpe. En un principio yo hacía lo posible para modificar su humor y compartir mi alegría juntos. Pero su indiferencia alimentó mi egoísmo y ante estas situaciones me aferraba a mi alegría con tal fuerza que era imposible borrarme la sonrisa de la cara.
Yo tenía 20 años y ella 26. Ella tenía una promisoria carrera de violinista, y yo nada que perder. Yo soñaba con un hijo varón, ella le tenía pánico a todo ser de sexo masculino.
Yo era feliz.
Hans nació un 15 de noviembre, dos semanas prematuro, luego de un parto complicado y tres meses de reposo absoluto de Inez. Su embarazo se complicó, y todos los martes y jueves cuando se veía forzada a abandonar sus ensayos lloraba. Me decía que ella no era nadie sin su música, y que no habría futuro para ninguno de los tres si ella no triunfaba como violinista. Que había hecho enormes sacrificios (y me consta) por su carrera. Que la edad ya le estaba empezando a jugar en contra, y rogaba que la ayude en la crianza de nuestro hijo para que no haya sido todo en vano. El contraste es enorme con lo que ocurrió meses después. Por esto, y por todo lo demás, cuando supe que mi hijo vivía, su madre también, que mi futuro y el suyo eran por igual inciertos, y que la alegría sólo podía ser comparada con la enorme incertidumbre del futuro, lloré, grité... al punto que dos enfermeras (cuasimilitares ambas) se apiadaron de mí y me abrazaron. Terminamos los tres en el piso.
lunes, 28 de septiembre de 2009
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