miércoles, 23 de septiembre de 2009

lluvia

el día está ESPANTOSO-- y justo hoy fue el día que más tuve que recorrer la ciudad, empezando por una audiencia judicial que no fue, siguiendo con varias horas en la oficina (interrumpidas por un cigarrillo, si, soy un desastre), subtes, colectivos y caminatas incluidas.

Pero la lluvia me sienta bien, inspira. Y además se duerme como los dioses.

Hoy una improvisación de relato (hace mucho que no escribo, que esto sea punta de lanza)


A las 6 de la mañana las gotas se estrellaban contra los vidrios como puntas de lanza. El techo, ya de por sí desvencijado por sus varios cuartos de siglo, crujía como émulo de carcajada. Abajo estaría durmiendo (en el mejor de los casos) la señora Kirschbaum, sus 94 años se habrían posado torpemente sobre la cama o la mecedora. En mi cueva (los poetas lo llamarían ático) el calor y la humedad de las muchas estufas encendidas abajo me llevaron a un nivel de conciencia suficiente para apreciar lo pintoresco de la situación.

Lejos de concentrarme en las sábanas húmedas, la densidad del aire y el olor a gas, quedé hipnotizado por el sonido de la lluvia y los silbidos de las ráfagas de viento. No pude evitar sentirme feliz, éste era uno de esos momentos en los que los sentidos alcanzan tal estado de alerta, que da la sensación que las percepciones se aterrizan en forma de un millón de agujas.

Pero como todo momento de felicidad, su encanto se desvaneció gradualmente y dio lugar a preocupaciones más terrenales. Superadas las etapas de aseo, bajé a la cocina. Las escaleras (muchas y muy empinadas) me brindaron un monótono concierto. La cocina ofreció un segundo movimiento con sus múltiples goteras. Intentando respetar el equilibrio de la torre de vasos y tazas sucias (con restos de café con leche, sobres de azúcar usados y espuma de cerveza) lavé un tazón, lo llené de agua y lo metí en el microondas. En el camino hacia la alacena, atravesando el vestíbulo, me encontré con la señora Kirschbaum. Estaba sentada en su mecedora, estática, dormida. Tomé un paquete de blintzes y, en el camino de vuelta, di un empujón a su silla: ella permaneció inmóvil, y la silla a los pocos segundos también.

El piso estaba frío, y el ambiente desde ya no tan cálido como el dormitorio, pero nada supera el placer de desayunar descalzo, en una remera gastada y con agujeros, y con los calzones torcidos. Finalizado el desayuno, volví a subir por las mismas escaleras rascándome (para agregarle un poco de cine a la escena) descaradamente el culo con la mano izquierda.

Una vez afuera, envuelto en kilos de ropa y fundamentalmente en mi bufanda blanca de cashmere, caminé hacia la estación de Prenzlauer. El próximo tren llegaría en 7 minutos. Pero no aguanté. Sentí la sangre en ebullición y supe que la única forma de permanecer en mi cuerpo era caminar a la sala de ensayo. Iba a llegar tarde, y seguramente con la nariz goteando-- pero el impulso fue mucho más fuerte.





(continuará... o no)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario