sábado, 5 de septiembre de 2009

Hoy a la mañana

salí de mi casa temprano (casi madrugada para un sábado) y me sentí nuevamente en la Universidad de Columbia.  Hacía frío y estaba desabrigado.  El día era gris.


La anécdota pasa por acá: mi vieja me torturó toda mi infancia con el pullover, el blazer y la campera.  La única palabra posible es tortura.  La edad eliminó la obligación de obedecerla, pero sus declaraciones no perdieron jamás su capacidad irritante.

Así que yo salía todas las mañanas de John Jay, pasaba por Hartley... atravesaba todo el campus (mi edificio estaba en una punta y yo iba a su opuesta) y me sentía enormemente libre.  Por miles de razones, no era fácil ni tampoco me interesaba analizarlas.  Hoy me di cuenta que una de ellas era la libertad de salir en remera con 10 o 40 grados (50 or 105).

Es muchísimo lo que tengo para decir, en esa universidad fui extremadamente feliz.  Hice muchos amigos, uno de ellos me acompaña al día de hoy.  Otro de ellos se suicidó y su fantasma me visita de vez en cuando... me aterra pensar que pueda haber un secreto entre él y yo y Pupin Hall.  Tuve intereses amorosos fugaces y quizás la primera de un patrón de relaciones de histeriqueo. Descubrí la TI82 y todas sus variantes (miento, ya la había traído Lindsay una vez al colegio pero no le había prestado mucha atención, y tampoco tenía juegos como el Drugwar!). Disfruté y afirmé el vínculo con familia de allá... es realmente infinito.  Mucha alegría junta y un cambio de vida.

Un amigo me dijo una vez que el valor más importante en el ser humano es la libertad.  Me honró diciéndome que me consideraba una persona libre.

Y estoy de acuerdo con él.  Hay pocas cosas que a uno lo hacen sentir más feliz y verdaderamente humano que la libertad.

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