Me hubiese gustado decirle que había cambiado, que ya no era el mismo nene inmaduro, que había renunciado a muchas ilusiones que me impedían crecer. Lo más triste es que no era cierto. Me arrepentí de todo, pero más que nada de besarla. No había esperanzas para transformar nuestra realidad en una historia feliz.
Por un instante se desmoronó y ahí estuve-- no llegó a moverse un centímetro. Es que yo aún la amo. Tal vez amo la historia que hubiesemos construido en otras circunstancias.
Ich liebe dich. Lo repetí una y otra vez, mil veces.
Una mañana Hans lloraba con más fuerza que nunca. Corrimos al hospital, el mismo que me atestiguó indefenso. Mi alemán no era lo suficientemente bueno para entender, pero la mirada de Inez quedó desconsolada luego del veredicto. Hans se quedaría en el hospital casi dos semanas. En las mismas condiciones estaba mi padre, la diferencia es que a él sí lo vi mientras estaba internado. Es que esa misma tarde volví a una lluviosa y húmeda Buenos Aires. Mi madre aprovechó toda instancia posible para expresar su desilusión conmigo y mi vida. No llegó a culparme de la enfermedad de papá, pero estuvo muy cerca.
Papá murió al día siguiente. Mi mamá quedó sola, con las piernas desencajadas, y en una silla del hospital me ofreció su mejor mirada de indefensión. No podía quedarme, este era el turno de mi vida. Tampoco la abandoné: durante las dos semanas siguientes la ayudé como pude. Nuestra relación evolucionó 10 años en esos días, y la prueba es que por primera vez no me obligó a llevar abrigo para el vuelo de vuelta. Sin duda la relación con mi madre es una historia sin desenlace, pienso que ocupará líneas de un relato futuro. En el avión pensé en ella y sufrí por su desamparo, pero pensé que sería lo suficientemente fuerte para reconstruir su vida. Todos lo somos.
Al volver, el departamento estaba vacío. Mejor dicho, semivacío: mis cosas estaban, pero las de Inez y Hans no. Pensé lo peor, fui al hospital y pregunté por ellos. Se habían ido, pero no estaba claro cuando. Se habían ido. De mi casa y del hospital.
Ella sabía perfectamente que no me costaría ubicarlos (tenemos demasiados amigos en común) pero lo hizo como un sacrificio y un símbolo. La relación de ahí en más fue tan civilizada que me llenó de tristeza. Las visitas se fueron espaciando cada vez más. Yo no había abandonado a mi familia, sino que había ocurrido lo inverso.
Pero ahí estábamos, como dos chicos, abrazados, cualquiera hubiese pensado en amor... era en realidad angustia, desencanto, amor tal vez, miedo. Le dije que no estaba dispuesto a perder lo único que tenía en la vida. Hans viviría conmigo, con o sin ella. Yo ya tenía un trabajo respetable y la firme determinación de ingresar en la vida adulta. Le propuse incluso que nos mudemos al mismo edificio. Ella no habló.
Todo resultó mucho más fácil de lo previsto. Inez había recibido una propuesta laboral en Suiza, 'la última gran chance de su carrera', y mi propuesta-imposición fue iluminada con la gracia de la oportunidad.
Epílogo
Hans y yo somos felices. Inez también. Inez y yo nos mantenemos en contacto por teléfono y medios electrónicos (casi como en el comienzo). Quiere volver a la ciudad, confieso que me asusta.
Hace unos días el trabajo me reencontró con Goodbye Lenin. Inez y yo habíamos ido al estreno, y por algún misterioso motivo alguien quiso hacer el doblaje en versión latinoamericana. En la garganta de Alex, no pude evitar tentarme ante la cita "Todo esto tiene que desaparecer. Las cortinas viejas, están en el sótano?". El equipo quedó sorprendido, pero luego nos reímos todos. Tiempo de hacer un break.
sábado, 10 de octubre de 2009
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